Este espacio está constantemente transformándose, pues sirve para introducir a los nuevos lectores a esta gran locura de película, y de paso, para recordarles a los viejos lectores de qué va.
Es un humilde sitio creado a finales del 2008 por mí, único administrador del sitio, donde subo críticas de casi todas las películas que voy viendo, y algún que otro análisis de alguna en particular, que merezca mi mayor atención.
La idea es recibir sus comentarios e ir creciendo juntos, nada más. Toda apreciación es subjetiva y discutible, y siempre que esté planteada respetuosamente, será aceptada.
Sobre los enlaces de descarga: NO, Una Locura de Película no es un canal de circulación de enlaces, ni mucho menos un servidor de descargas. Es una pregunta frecuente que vale la pena responder.
Por cualquier duda que tengan, están invitados a escribir debajo, o a enviar un mail a rodrigomartinmoral@hotmail.com, actual dirección de correo electrónico de quien les habla, y que además los saluda atentamente...
miércoles, 25 de diciembre de 2013
Cabecera del blog.
Escrito y publicado por
Rodrigo Moral
en el horario de:
23:21:00
23 comentarios:
Enlaces a esta entrada
| Reacciones: |
miércoles, 8 de mayo de 2013
El último emperador.
Crítica.
"El último emperador" ["The last emperor", B. Bertolucci - 1987]
La década de 1980, en materia cinematográfica, fue altísimamente irregular. Por un lado, hubo loables (aunque mayormente no lo fueran) tragicomedias de bajo presupuesto, que calaron hondo en la cultura popular, y se convirtieron en clásicos instantáneos. Las otras, un grupo minoritario, eran producciones de proporciones monumentales atravesadas por el afán de recrear fielmente momentos históricos de gran trascendencia. De ahí, que Milos Forman llevara la obra teatral "Amadeus" al cine, construyendo un escenario a la perfección, y tejiendo uno de los duelos más apasionantes de los que se recuerden. O que "Gandhi" se eternizara en el alma de los cinéfilos, siendo coronada por la Academia de Hollywood con un buen puñado de Oscars. Otro de los casos, de gran repercusión, fue el del gran Bernardo Bertolucci y su biográfico sobre "El último emperador" de China, Pu Yi, y el ocaso de su vida en una nación ahora dominada por el maoísmo, y colmada de jóvenes manifestándose en la vía pública, agitando banderas coloradas y depurando a la sociedad de cualquier tipo de influencia negativa (dada, desde luego, por el imperialismo, ya sea occidental o japonés). Este último caso, es el que particularmente me interesa desarrollar en este momento. Tal vez, porque el resurgimiento de las ideologías de izquierda en el actual occidente, o la reaparición de la juventud (para bien o para mal, eso lo juzgará cada uno) en el plano político, inevitablemente lleva a uno a replantearse la verdadera naturaleza de aquellos movimientos que, durante la Guerra Fría, transformaron la realidad de los países del bloque oriental antes de la caída de la Unión Soviética.
La mirada que ofrece Bertolucci es más que interesante. Este cineasta, un artesano de la cinematografía y responsable de algunas de las producciones más significativas del siglo pasado ("El último tango en París" o "Novecento" deben ser suficientes para creer en lo que digo), rara vez se aleja de las modificaciones que muy paulatinamente sufre el contexto en el que se desenvuelven sus personajes. Tampoco puede uno ignorar el estupendo retrato que hace, en "Los soñadores", de la lucha de los jóvenes por un mundo mejor, en medio de una agitación generalizada durante la década de 1960, plena Nouvelle Vague). Dicho de otro modo, el cerrar "El último emperador" con el grito unificado de una juventud convulsionada, debe ser analizado con particular énfasis. Después de todo, alguien que ve la obra desconociendo el estilo del director, supondrá que la resolución (todo lo que se desarrolla luego de 1947, o al menos luego de 1959) sirve como un adorno con el fin único de extender la duración (no olvidemos que las producciones monumentales rara vez duran menos de 150 minutos). Es muy probable que ese final oculte (tal vez sea un error hacer una sentencia tan radical a veinticinco años de su estreno, pero servirá como una hipótesis no poco interesante), el verdadero mensaje que busca transmitir este artista, y que evidentemente trasciende lo que la autobiografía del último emperador dice en sus páginas.
Por otra parte, es muy difícil hacer recortes cuando se analiza la Historia Universal. Después de todo, la Historia es compleja, y cada acontecimiento es producto de otros acontecimientos previos, que de forma directa o indirecta van influyendo en las estructuras sociales, políticas, económicas o culturales. Este encadenamiento de sucesos, unos marcando la esencia de otros, es el que le da sentido al estudio de la Historia, y es deber de quien la estudia remontarse más y más lejos del presente, para hallar en los mínimos detalles, posibles causas de las circunstancias actuales. "El último emperador", por su parte, resume en casi tres horas, aproximadamente seis décadas de historia. En lo espacial, asimismo, va más allá de la frontera (habla del vínculo entre Pu Yi y Japón, en relación con el gobierno de Manchukuo en la década de 1930), hasta poder complementarse (si se quiere) con otra obra una década más moderna, pero ambientada en aquellos tiempos, como lo es "Kundun" de Scorsese (que relata, en sus mejores momentos, los lazos entre China y el Tibet).
El punto de partida de Bertolucci es uno de los dos movimientos de ruptura que desarrolla "El último emperador": la disolución del Imperio y su reemplazo por una República, en el amanecer del Siglo XX. En esos años, es Emperador un niño de tres años quien, en medio de este conflicto, es recluido en la Ciudad Prohibida, territorio amurallado sobre el cual gobierna a la medida que va creciendo. El espectador, durante la primera mitad de película (que apunta a describir su juventud), se sumerge en ese mundo de opulencia, enclaustramiento e ingenuidad, tres conceptos sumamente incompatibles (al menos, a priori). Hay algunas escenas que ayudarán a ejemplificar lo que digo: Pu Yi corriendo en círculos con su hermano, perseguidos por varias decenas de adultos, en una secuencia mecánica que parece no tener fin; una puerta custodiada por una decena de hombres y que nunca parece abrirse para él, por mencionar algunas. Es casi imposible no sentir simpatía por el niño, ya sea por compasión (por comprender el microcosmos improvisado que supone la Ciudad Prohibida antes de su migración en 1924) o por la gracia que genera el patetismo en las tantas escenas sin sentido en sí solas. Probablemente Bertolucci se detenga demasiado tiempo en estas cuestiones, un tanto superfluas si se quiere, pero que están por algo: promueven una percepción más aguda por parte del espectador, que se siente, de una manera u otra, involucrado en las aventuras de este Alex DeLarge oriental de principios de siglo (una rata de laboratorio sin verdadero control sobre sí mismo, sobre su ideología, siempre dominado por una fuerza externa que condiciona sus acciones y pensamientos, que no le permiten obrar independientemente del contexto, ya sea uno u otro; un títere, como queda demostrado en su manejo sobre el conflictivo territorio de Manchuria, potencialmente productivo, y su tierra natal).
La segunda ruptura se produce con el avance del maoísmo y su consagración en los finales de la década de 1940, que marcará el pulso de la contracara de la narración (que, vale aclararlo, alterna escenas de la infancia en la década de 1910 y las subsiguientes, con su estadía en un centro de reclusión de enemigos del Estado en la década de 1950). Es el pulso, además, de la resolución de la historia, del ocaso y la resignación (cabe insistir con este concepto de "naranja mecánica", presente en las escenas del interrogatorio), así como de la instancia de madurez en todo sentido, de los personajes y de su autor, donde demuestra que puede manejarse (como si su filmografía no bastara) con escenarios mucho menos ornamentados, pero no por ello menos complejos. Corona con un final inteligente, con la dosis justa de emoción, y los triunfos cosechados en todo el mundo. Muchos de ellos enfocados en aspectos técnicos de la magnánima construcción de una época (Bertolucci saca provecho a la ventaja de poder rodar dentro de la Ciudad Prohibida), e indiscutiblemente merecidos. "El último emperador" es una más que decente adaptación cinematográfica, tan ambiciosa como precisa, tan interesante como reveladora. Si bien muchos fanáticos de Bertolucci (entre los que puedo llegar a considerarme, sin exceso de pasión) preferirán al cineasta más mesurado y menos inversor, yo prefiero al Bertolucci que sabe contar una historia de principio a fin, y que sabe dejarme pensando en lo que vi luego de finalizarla. Es el mejor regalo que puede pretenderse de uno de los más grandes cineastas vivos, y "El último emperador", guste a uno o no, es incuestionablemente un pedazo de historia valiosísimo, tanto para la resignificación del mundo social como para añadirle valor al séptimo arte.
Puntuación: 8/10 (Muy buena)
Escrito y publicado por
Rodrigo Moral
en el horario de:
23:27:00
1 comentario:
Enlaces a esta entrada
| Reacciones: |
sábado, 6 de abril de 2013
Ojos bien cerrados.
Crítica.
“Ojos bien cerrados” [“Eyes Wide shut”, S. Kubrick –
1999]
El más grande y controversial director de cine de
todos los tiempos, corona su filmografía y su vida con la que posiblemente sea
su mejor película después de “La naranja mecánica”. También corona una década
de cine de altura, y la mediocre carrera de un Tom Cruise que, sin Paul Thomas
Anderson y sin Stanley Kubrick, sería considerado únicamente un héroe de
acción. El cineasta alcanza un punto máximo con la obra que más lo acerca al
interior del ser humano. Su cruenta disección del sujeto a partir del concepto
de “paranoia”, aunque sólo sea como respuesta inmediata al engaño, resulta de
una intensidad inacabable, tan perturbadora y atroz como realista y familiar.
Su protagonista es el estereotipo de hombre exitoso: prestigioso doctor, padre
y esposo ejemplar, miembro de una clase acomodada, tipo de contactos que asiste
a importantes fiestas. Pero lo que a primera vista parece no ser otra cosa sino
un matrimonio perfecto, acaba convirtiéndose en una relación en jaque. Los
deseos secretos de ella, que una noche constituyen su confesión, catapultan al
esposo a una cascada perversa de rincones prohibidos, de frustraciones y
venganzas.
¿Puede una infidelidad imaginaria echarlo todo a
perder? Seguramente. Es que aunque no lo parezca, la relación pende de un hilo.
Todo lo que es aparente y obvio, no tiene solidez con la cual sostenerse. Sólo
existe entre ellos un vínculo espiritual que Kubrick, quien escribe y dirige,
considera sobrevalorado. La frase final, por ejemplo, lo deja más que claro. Y
sin la necesidad de ahondar en el tema, pues no hay cosa en el mundo más
macabra que contar un final, por importante que sea, es difícil no pensar en
que su contenido respalda la urgencia de algo carnal, de una conexión física,
como el canal necesario para que las inquietas aguas vuelvan a calmarse, y la
caótica relación alcance su fugaz restauración. Casi como un ritual.
Insistir en ratificar lo que el interrogante previo
sugiere, es la base del inconsciente colectivo, al menos del de aquellos que
ven “Ojos bien cerrados”. El espectador debe dejarse conducir más allá del
infierno de la desasosegante noche, a través de todos los retratos y adornos
que reflejan la alianza entre el ser humano y las sombras. Ese descenso, que se
presenta como una espiral que adquiere gravedad, peligro e intensidad, es la
proyección (real, onírica, hipotética o absurda) del engaño imaginario, de la
farsa del orgasmo, de la endeble representación del placer femenino. En otras
palabras, es todo lo que puede conseguir un personaje que confiesa su fantasía,
cuando la ética lo prohíbe. Prohíbe fantasear y condena confesar la fantasía, o
al menos da esa impresión. Es paradójico que un matrimonio fingido sea
traicionado por una ilusión, por un acto jamás consumado.
Stanley Kubrick, en una última lección de psicología
animal, tan brutal como su “Nacido para matar” o su thriller de terror, y ya un
clásico de culto “El resplandor”, se anima a materializar cinematográficamente
la paranoia. Si uno se atreve a no tomarse tan en serio las referencias a las
sectas religiosas (es decir, dejando entre paréntesis ese viaje entre tinieblas
que el personaje protagónico, de Tom Cruise, realiza para curar su impaciencia,
su odio y su impotencia), podrá distinguir que es un ser humano sin preparación
para el engaño. Lo piensa y lo rechaza, le tienta pero lo esquiva. Sólo una
máscara le permite introducirse en la casa, esa elegante mansión donde parecen
ocurrir cosas extrañas e incomprendidas. Quitarse esa máscara es desnudarse, es
exponerse, es demostrar que su universo y el universo de aquel lugar son
incongruentes e irreconciliables. Los celos lo invitan a ser una segunda
persona, un desdoblamiento caníbal de la primera, que no puede sostenerse en su
desnudez, y que rápidamente puede volverse frágil como un recién nacido.
En un juego de espejos, representaciones y máscaras,
Kubrick saca brillo a cada escena. Absorbente trabajo de dirección en una obra
introspectiva y brutal, capaz de montar escenarios y crear atmósferas muy
densas e incómodas. Un relato magnífico sobre la paranoia, resultante del
emergente anhelo de venganza (engaño por engaño). ¿Todos pueden dormir con la
conciencia tranquila? El terror azota al hombre que emigra y se convierte en un
extranjero recién llegado a la tierra de los infieles, y en la confrontación
definitiva, cuando ni el sueño de uno ni el descenso de otro resultan
fructíferos para ambos, la vía de escape acaba siendo producto del consenso.
Una vía de escape que, claramente, muestra que el único modo de darle cuerpo a
las cosas es con el cuerpo, y que la medicina para curar todos los males puede
ser menos letal y más cercana de lo que hombres y mujeres con los ojos bien
cerrados pueden llegar a reconocer. Otra genialidad del Gran Maestro del Cine,
un oscurísimo e imperdible festín carnavalesco.
Puntuación: 9/10 (Excelente)
Escrito y publicado por
Rodrigo Moral
en el horario de:
21:01:00
3 comentarios:
Enlaces a esta entrada
| Reacciones: |
miércoles, 20 de marzo de 2013
The master.
Crítica.
[“The master”, P. T. Anderson
– 2012]
Cuando la música de Jonny Greenwood se detiene, sólo
resta un cierre. Y surge casi de la nada un interrogante, el primero de los
casi treinta que puede llegar a generar Paul Thomas Anderson con “The Master”,
su nueva gran película. ¿Existe aquel hombre que pueda vagar por el mundo sin
ser gobernado y sin servir a un maestro? Apegándose a las raíces de la ciencia,
a una creación bajo los órdenes de una naturaleza cíclica y volátil, y no bajo
los designios de las deidades, sugiere la imposibilidad de que un hombre así
exista. Un hombre autárquico, que sobreviva indiferente a las tormentas que lo
rodean y que lo inundan desde adentro. Pero como siempre en el cine de este
gran artista, un joven sujeto que se ha hecho lugar entre los mejores cineastas
vivos, los planteos no son tan sencillos, y guardan en su núcleo inimaginables
posibilidades, de las que podrán resultar inesperadas conclusiones. No es tan
simple como si existe o no existe. Es ¿cómo puede existir o no alguien así?, y
en todo caso, ¿qué clase de hombre es ese?
Luego vendrán las quejas, las sorpresas, las
desilusiones, los créditos finales, los debates, las discusiones y el olvido.
Todo esto puede suceder, y es bueno que así sea, para intensificar la
experiencia cinematográfica que propone este notable director, un profesional
que se ha ganado el respeto de muchos y la aprobación de sus seguidores para
hacer lo que tenga en gana. Por ello, da un giro en cuanto a la forma de
dirigir (mejor dicho, profundiza ese lento cambio iniciado con la laureada “Petróleo
sangriento”), aunque preserva sus costumbres, su particular forma de humor y su
crítica sociopolítica, para que la gente detecte que quien está detrás de las
cámaras y del libreto no es otro sino Paul Thomas Anderson. La cara detrás de
las caras, de inolvidables rostros, de personajes enigmáticos y complejos como
pocos. Freddie Quell, el protagonista, es un Joaquín Phoenix arruinado, un
sujeto trastornado por la guerra (se presume), y que es uno de los tantos que
buscan rehacer su vida en la nueva nación, una de las dos caras de la moneda
corriente entre los años 1945 y finales de la década de 1980. Es muy arriesgado
pensar en cuáles pueden ser las causas que llevan a Quell a encontrarse con
Lancaster Dodd, líder de un movimiento espiritual organizado en función de la Doctrina de La Causa , si se trata de
casualidad o algo más. Sí, algo más, porque La Causa defiende la existencia de vidas pasadas
como el origen del estado actual del ser, por lo que en esas vidas pasadas
puede registrarse la razón que lleva a dos almas a complementarse del modo en
que lo hacen durante las más de dos horas de fascinante duelo interpretativo.
“The master” se enfoca en el choque entre un
muchacho errante y un intelectual, y en analizar el tipo de relación que
guardan estos dos hombres. Hacer un análisis sobre la evolución de ambos
personajes a lo largo del film, teniendo en cuenta todo lo que cada uno gana y
pierde a lo largo del mismo, puede ser un más que genial punto de partida para
comprender y ratificar (o no) la existencia del hombre capaz de vivir sin
autoridades que lo gobiernen. Después de todo, la película no traza un
argumento en sí, sino que toma el caso de Quell y explora sus relaciones con el
medio. Eso no significa que deje de haber una historia; por el contrario, la
hay, y hay más de una, pero uno no puede pensarla bajo la clásica forma de
introducción-conflicto-desenlace, sino como un fragmento cualquiera de una
verdad mucho más amplia, de una realidad ambigua y difícil de definir. El
personaje, con todos sus matices, es un reflejo de aquello a lo que quiere
aspirar esta inquietante producción: un encriptado y denso retrato que busca
apuntar tanto a la época que precede a los hombres, como estudiar cómo los
hombres pueden definir una época. Por ello es efectiva, porque muestra la
figura del veterano de guerra débil, y su necesidad de un guía capaz de
enderezarlo. Sin embargo, lo que puede parecer un gesto de buena voluntad (un
hombre que se solidariza con otro hombre en peores condiciones), también puede
traer consigo algo más oscuro. Después de todo, muchos coincidirán en que el
vínculo que se forja entre los hombres, no es simbiótico. Roza el abuso, el
aprovechamiento, y todas las formas de dominación posibles.
El esquema subordinado-subordinante hace que “The
master” sea, contra lo que se ha dicho popularmente, más una cinta política que
una cinta religiosa. Tras el aluvión de comentarios que estudian las relaciones
subyacentes entre la Iglesia
de la Cienciología
y La Causa de
Lancaster Dodd, el espectador se siente confundido. La magistral representación
de Anderson va mucho más allá de la mencionada corriente religiosa, es
simplemente la esquematización de un hombre aplastando a otro bajo cualquier
símbolo religioso, cualquier identificación política o cualquier clase social.
Es la visión de la política contemporánea, la de hombres que se devoran. Pensar
en “The master” como algo religioso equivale a decir que “Petróleo sangriento”
es una película sobre economía, o que “Boogie nights” es una película
pornográfica. Ahí es donde está lo verdaderamente bueno: en pensar que la
situación no dista demasiado de lo que experimentan los hombres de hoy. En
pensar que la boca torcida de Joaquín Phoenix, su postura encorvada, su
obsesión por el sexo, su ocasional mitomanía (contrastada con su también
ocasional honestidad brutal), su tendencia a la violencia, su imprevisibilidad,
son en realidad algunos de los síntomas que padecen los seres sociales del
siglo XXI, trastornados por las crisis económicas, las crisis de entrecasa o de
cualquier otra índole.
Pocas películas en los últimos tiempos han sido
capaces de presentar personajes tan bien elaborados como los que protagonizan
este film. Más allá de Quell, su conflictividad, y de la milagrosa
interpretación que realiza el impresionante Phoenix, también está la pareja de
maestros. Él, Dodd, encarnado por el ganador del Oscar Philip Seymour Hoffman.
Ella, Peggy, encarnada por la nominada al Oscar Amy Adams. Son el matrimonio
que día a día añade un ladrillo a la construcción de un cuestionado credo, de
una posible esperanza para la humanidad (capaz de traer paz mundial, de frenar
la amenaza nuclear y de curar la leucemia) que para muchos, es una delirante
excusa que sólo busca ganar dinero. Ambos se encargan de experimentar con el
llegado Quell, y lo hacen de tal forma, que es muy difícil distinguir quién es
el alma detrás de la causa. ¿Quién es “The master”? ¿Es un maestro o una
maestra? ¿Quién sirve a quién? Un triángulo actoral prodigioso, que recuerda
que el actor debe dedicarse a actuar. Y es básicamente lo que hacen. Llevar un
guión tan sarcástico como profundo al cine, darle algo de sentido al absurdo
que en una decena de ocasiones se interpone entre el proyector y la pantalla, y
brindarle coherencia a un discurso denso que, en el fondo, es mucho más simple
y menos arriesgado de lo que puede aparentar. La magia está en la realización,
en la impecable labor de Paul Thomas Anderson para captar la esencia de grandes
momentos y hacerlos únicos. Para rodar una media hora final llena de sorprendentes
giros, con una última frase cómica y tal vez clave. Cuando acaba, uno no sabe
en qué creer. Tiene muchas ideas en la cabeza, muchas dudas, se siente en otro
lugar, trasladado al mundo de la posguerra, ahí, en medio de un desierto,
intentando llegar al punto que le interesa bajo el cálido sol de la curiosidad,
sin poder responder prácticamente nada de lo que se propone, acumulando más
interrogantes en el intento, y seguramente dándose cuenta de que el lavado de
cerebro le está empezando a hacer efecto. Cine persuasivo, mordaz,
endiabladamente entretenido. Cine maestro, que agrega tela cuando no hay, que
te deja pensando hasta cuando no hay qué pensar.
Puntuación: 8/10 (Muy buena)
Escrito y publicado por
Rodrigo Moral
en el horario de:
01:26:00
3 comentarios:
Enlaces a esta entrada
| Reacciones: |
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

